Una directora de dibujos animados es casi tan invisible como una científica
En un mundo donde la mayoría de las niñas en las series infantiles
son alegres pero también banales y tontas, una brasileña ha creado
un personaje femenino que no se viste de princesa
y quiere saberlo todo de las ciencias.
son alegres pero también banales y tontas, una brasileña ha creado
un personaje femenino que no se viste de princesa
y quiere saberlo todo de las ciencias.
Una mañana de 2013, Celia Catunda se reunió con su equipo para elegir el nombre de la protagonista de una nueva serie sobre ciencias. El personaje principal era una niña de seis años ansiosa por saberlo todo, y Catunda —su creadora—, quería llamarla como la única persona que ha ganado dos premios Nobel por distintas ciencias: Marie, por Marie Curie. Era fácil entender ese guiño en los nombres de algunos personajes secundarios: el cartero se llamaba Edison, por Thomas Alba Edison. El panadero Newton, por Isaac Newton. Pero el nombre de la veterinaria, Jane —por la primatóloga Jane Goodall—, ya era una referencia menos conocida. Lo mismo ocurría con Marie. «Creímos que no habría un reconocimiento directo como con Einstein, Newton o Darwin», dice Catunda. Entonces decidieron ponerle Luna: un nombre fácil de pronunciar en distintos idiomas, digno de una niña que mira las estrellas con la misma curiosidad con la que mira las lombrices. Si la protagonista se hubiese llamado como la científica que ganó un premio Nobel en Física y otro en Química —algo que ningún hombre ha conseguido en la historia de las ciencias—, poca gente hubiese entendido el homenaje.
La serie infantil Earth to Luna! —O show da Luna en portugués— se estrenó en Estados Unidos en agosto de 2014, el mismo mes en que una joven iraní se convertía en la primera mujer en recibir la medalla Fields, el equivalente al Nobel en matemáticas. Celia Catunda no pudo llamar a su nueva criatura como Marie Curie, pero consiguió desde Brasil algo que nadie había hecho en el mundo de la animación: convertir a una niña en la protagonista de una serie sobre ciencias y seducir al público infantil sin vestirla de rosa ni ponerle alas, sin volverla una niña tonta que molesta a su hermano genio, ni una que sólo quiere bailar o cambiarse el vestido, ni una que ríe sin motivo. Apenas tres meses después de estrenarse en NBC/Sprout —un canal infantil que llega a la mitad de los hogares norteamericanos—, la serie Earth to Luna! ya era calificada por algunos críticos como el tercer mejor programa de ciencias para niños en los Estados Unidos. Hacer popular a una chica que se pregunta si es posible patinar en los anillos de Saturno, cómo hace una abeja para decirle a otra adónde están las flores o por qué titilan las estrellas, no era parte de un plan para infiltrar el feminismo en la televisión infantil, sino el último logro de una directora de dibujos animados que se rehúsa a subestimar a su público. Celia Catunda, la mujer que llevó por primera vez producciones brasileñas a Discovery Kids yDisney Channel —los dos gigantes de la televisión para niños— tiene casi cincuenta años y trece premios internacionales de animación infantil en su oficina en Sao Paulo. Catunda ha producido más de cuatrocientas horas de animación para televisión y es autora de más de veinte libros infantiles. En Brasil es casi imposible ser niño sin haberse topado alguna vez con un video, un programa o una película hecha por TVPinGuim, la productora que Catunda fundó hace más de veinte años junto a su socio Kiko Mistrorigo, también creador y director de animaciones. Desde que fue creada, TVPinGuim nunca dejó de producir dibujos, libros y páginas webs, pero se convirtió en el estudio estrella de Brasil en 2009, cuando dio a luz a su criatura más famosa: Peixonauta —Peztronauta en español—, tal vez la primera serie animada en conseguir un éxito internacional basándose en un argumento ecologista. Su protagonista es un pez que trabaja como agente para una organización ambiental secreta; una especie de James Bond del fondo del mar que usa un traje de cosmonauta y un casco lleno de agua para entrar en la tierra y cumplir con sus misiones. Peixonauta fue el programa de cable más visto en Brasil durante dos años seguidos; fue la primera serie animada brasileña que emitió Discovery Kids —un canal que llega a más de cien millones de hogares en el planeta, desde Estados Unidos hasta Australia— y el primer dibujo animado brasileño que se emitió en el este de Europa. El pez astronauta es una celebridad en Canadá, Estados Unidos, Turquía, y en más de veinte países árabes, donde se transmite a través de Al Jazeera Kids Channel. Pero su creadora es una desconocida para el público. Una directora de dibujos animados es casi tan invisible como una científica: quienes duermen abrazados a un peluche de Peixonauta no reconocerían el nombre de Celia Catunda.
Cuando era niña, Celia Catunda quería ser como Penélope Glamour, la única chica que aparecía en Los autos locos, el dibujo animado que ella veía por las tardes. Penélope Glamour era una joven vestida de rosa con un casco rosa que manejaba un auto rosa, y en cada capítulo gritaba «¡Socorro, socorro!». Aunque era tan valiente como para viajar sola por el mundo, no era capaz de defenderse cuando los malvados la atrapaban para sabotear su auto. A finales de los sesenta, una niña de pelo castaño llamada Celia tenía como heroína a un rubia que competía contra veintidós hombres hundiendo el pie en el acelerador. A finales de los ochenta, Celia Catunda empezó a correr su propia carrera en un circuito tomado por hombres. Al hablar de animación infantil sólo reconocemos nombres masculinos como Walt Disney o William Hanna y Joseph Barbera (Los Picapiedra, Los Supersónicos). Los más enterados tal vez conozcan a Pat Sullivan (Félix, el gato), a Max Fleischer (Betty Boop) o a Fritz Frelen (Bugs Bunny, Silvestre y Piolín). El animador más famoso de los últimos años se llama John Lasseter (Toy story). Los creadores de Peppa Pig —una cerdita británica que está de moda entre los niños de preescolar— son hombres. Los que hacen Jake y los piratas —una serie exitosa basada en Peter Pan—, son hombres. Los creadores de Pocoyó, —un niño vestido de celeste que tiene como amigos a un pato y una elefante— son hombres. Los de Manny Manitas —el personaje latinoamericano de Disney Junior, que habla spanglish— también. Entre los dibujos infantiles más populares de hoy, solo La doctora juguetes es dirigida y producida por una mujer —Chris Nee—, una animadora que puso en Disney Junior a una protagonista negra: una niña de seis años a la que llaman ‘doctora’ o ‘doc’. En esa serie, la mamá de doc es una pediatra que nunca está en casa, y el papá cocina, lava la ropa y juega con sus hijos. La niña, inspirada en su madre, se dedica a atender y a curar a sus juguetes. La aparición de La doctora juguetes fue tan movilizadora para las minorías que representaba, que un año después de su lanzamiento se creó la iniciativa Nosotras somos la Doctora Juguetes: más de cien mujeres negras de distintos estados enviaron a Disney pequeños videos narrando sus experiencias de vida en el campo de la medicina, con el objetivo de transmitir a todas las niñas que ellas podían lograr lo que se propusieran en la vida.
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Cuando en 2013 murió la química y matemática Yvonne Brill, la mujer que desarrolló el sistema para mejorar la propulsión de los cohetes espaciales, el New York Times comenzó su obituario diciendo que cocinaba un magnífico filete strogonoff. El trabajo científico de Brill facilitó los viajes a Marte e hizo posible que los satélites de comunicaciones se mantuvieran en órbita, pero el diario más influyente del mundo eligió destacar primero sus habilidades para la cocina, su decisión abnegada de apoyar la carrera de su marido, y su alejamiento de la vida profesional durante ocho años para criar a tres hijos. Pero Yvonne Brill «también fue una brillante científica de cohetes», decía el obituario en su segundo párrafo. Después de recibir las indignadas quejas de sus lectores, el New York Times decidió corregir la versión web del texto y quitó la referencia al filete strogonoff, aunque el obituario siguió privilegiando su rol como esposa y como madre antes que como científica.
Reconocer en las mujeres la misma capacidad que tienen los hombres para el trabajo científico ha llevado siglos, y los prejuicios apenas se han debilitado un poco —y en apariencia— desde el pasado reciente. A la austríaca Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear que hoy lleva energía eléctrica a millones de casas en Japón y Alemania, le negaron el reconocimiento por su hallazgo y se lo dieron a uno de sus colegas. A la química y cristalógrafa británica Rosalind Franklin, quien logró utilizar los rayos X para revelar la estructura del ADN —el mapa genético de los seres vivos— le robaron el crédito: su trabajo fue atribuido a sus colegas, unos señores que no tuvieron pudor en ir a recibir el Nobel de Medicina. Joselyn Bell, la astrofísica británica que descubrió la primera señal de un púlsar —la estrella que emite ondas de radio como si fuera un faro que gira— publicó la tesis con su nombre pero fue ignorada: el premio Nobel de Física se lo dieron a su tutor. En un siglo de premios Nobel, sólo diecisiete científicas han recibido el reconocimiento que ha sido entregado a más de ochocientos hombres y a unas tres decenas de instituciones. Cuando Marie Curie ya había ganado su primer Nobel y daba clases de Física en la Sorbona, se presentó como candidata en la Academia de las Ciencias de Francia. Sus adversarios, que además eran racistas y xenófobos, dijeron que era judía y que por eso no podía entrar en la academia. Los diarios publicaron que Curie —que era viuda— tenía relaciones con un científico separado, y la llamaron «destructora de hogares». En 1911 Albert Einstein le escribió una carta donde le decía lo mucho que admiraba su intelecto y su honestidad, y se reconocía afortunado por haberla conocido. «Si la chusma sigue hablando de usted —le decía en su carta—, simplemente no lea los diarios y déjelos para los reptiles para quienes han sido fabricados». Einstein admiraba a Marie Curie y su capacidad de concentrarse en varias tareas a la vez: la científica polaca criaba sola a sus dos hijas y llevaba al mismo tiempo investigaciones sobre física y sobre química. Contar chismes sobre las investigadoras —como en los tiempos de Marie Curie— no ha dejado de ser costumbre en los laboratorios. «Hay un discurso oficial de no discriminación. Pero se habla sobre la vida personal de las investigadoras, y hasta de la ropa que usan», dice Betina Lima, del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Brasil. En internet, científicas y estudiantes de tecnología han puesto en evidencia que los comentarios sexistas son un lugar común en el mundo académico. Mientras la imagen que evoca la palabra científico es la de un tipo despeinado al que se le perdona que no sepa combinar su ropa porque tiene la cabeza en cosas importantes, a las científicas se las juzga por su vida amorosa, por cómo se visten, y hasta les preguntan si saben hacer café.
La actriz Geena Davis, quien dirige un instituto que estudia cómo se tratan las cuestiones de género en los medios, presentó este año ante la ONU una investigación sobre los personajes femeninos en la televisión y el cine para niños de hasta once años. El estudio confirmaba que eran pocos y, en su mayoría, hipersexualizados. «Si incluimos personajes femeninos en la medida en que lo hemos hecho en los últimos veinte años, sólo alcanzaremos la igualdad en setecientos años», dijo Davis, ganadora de un Oscar y campeona olímpica de arco y flecha. En la televisión infantil de la última década, la mayoría de niñas aún parecen superficiales. O ingenuas. O incapaces. El protagonista de la serie animada El laboratorio de Dexter es un genio científico al cual su hermana mayor –una rubia boba— le arruina los experimentos. Jimmy Neutrón, otro niño genio, le gana casi sin esfuerzo en los concursos de ciencia a su rival, una niña que se mata trabajando para vencerlo y no lo logra. En la serie Johnny Test, el protagonista tiene unas hermanas gemelas que son vanidosas y crueles con él. Las chicas son presentadas como científicas, pero van al laboratorio a fabricar maquillaje y crema antiacné mientras hablan de chicos, fiestas y zapatos. La representación de las niñas en los dibujos animados, aún cuando usen bata de laboratorio, no dejan de ser un compendio de lugares comunes.
Cuando los hijos de Celia Catunda tenían menos de diez años ella solía acompañarlos a mirar televisión y a veces terminaba disgustada. En su casa en Sao Paulo, la directora de dibujos animados no prohibía a sus hijos ningún contenido, pero había reglas: André y Alice, hoy adolescentes, no podían ver televisión hasta después de comer, y siempre debían estar acompañados por un adulto. Cada vez que podía, Catunda miraba dibujos con ellos y le molestaba que en casi todas las series los hermanos vivieran en guerra. O que las niñas siempre parecieran problemáticas. O, peor aún: en los programas con tramas científicas, algo que a un niño de dibujos animados le parecía sorprendente a una niña le aburría o le resultaba indiferente. Esas tardes Catunda empezó a jugar con la idea de poner en la televisión a una niña científica que escapara a los clichés, pero recién en 2010 comenzó a trabajar en el proyecto de Luna, la niña que quiere saberlo todo. En el Show de Luna, la nueva serie de TVPinGuim, la protagonista —acompañada por su hermano pequeño Júpiter— resuelve sus preguntas sobre ciencia con experimentos e imaginación. Los adultos que aparecen en la serie no responden, sugieren. El guión de cada capítulo pasa por la revisión de consultores de química, biología, física y astronomía. Cuando está frente al mar, Luna se pregunta si los peces sienten sed. Investiga por qué el espejo del baño se empaña cuando alguien toma una ducha caliente. O quiere saber cómo se forma la lluvia. Hace experimentos, razona, deduce. Al final, Luna juega a ser un elemento del fenómeno que investiga —ser un pan que crecerá con la levadura, ser una luciérnaga que brilla en la noche— para entender el proceso. Cuando termina cada capítulo, en un musical improvisado, la niña canta para explicarle el fenómeno a algún adulto.
Hacer dibujos animados para niños que ni siquiera han comenzado la escuela es participar en la crianza de una generación. Los dibujos nos enfrentan a los primeros arquetipos que modelan nuestra mirada, nos ofrecen una representación del mundo, nos enseñan lenguaje. La investigadora bengalí Sharmin Sultana, quien ha estudiado el modo en que los dibujos animados impactan en los niños, dice que las personas pueden crecer con el tiempo, pero la imagen del dibujo que nos ayudó a crecer permanece hasta el último día de la vida. Celia Catunda, que logró vender con éxito una serie ambientalista como Peixonauta, dice que no teme ofrecer complejidad a los niños. Su última creación parece darle la razón: El show de Luna va camino de convertirse en un fenómeno tan exitoso como el pez ecologista. Además de Discovery Kids, la serie ha sido comprada por la televisión pública de Suecia, por el canal Tiny Pop de Sony Pictures en Inglaterra, y por señales de Taiwan y de Hong Kong. La televisión canadiense busca personajes femeninos interesantes para ofrecer a las niñas y ha mostrado interés en comprarla. En Estados Unidos, una asociación de críticos de televisión infantil dice que Luna es uno de los mejores modelos femeninos para la infancia: una niña curiosa que no reproduce los clichés de la mayoría de chicas de dibujo animado. Celia Catunda tiene la ilusión de que, en el futuro, varias científicas tengan en común haber querido ser como Luna cuando eran niñas.
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Una década atrás, mientras Celia Catunda aún acompañaba a sus hijos a mirar dibujos animados, el economista Lawrence Summers —entonces presidente de la Universidad de Harvard— despertó indignación en la comunidad académica al afirmar que las mujeres poseían «una capacidad innata menor para las matemáticas y las ciencias» que los hombres. Según Summers, las niñas que recibían camiones de juguete de regalo los trataban como a muñecas. Su discurso reproducía un prejuicio que persiste entre científicos hombres, y se alimenta de hipótesis como la del neurólogo Simon Baron-Cohen —primo del cómico inglés que se hizo famoso con el personaje de Borat— quien asegura que la falta de la hormona sexual masculina, la testosterona, priva a las mujeres de ser tan aptas para el pensamiento analítico. Lise Elliot, neurocientífica que estudia el cerebro de los bebés —y no ha encontrado diferencias entre los cerebros de niños y niñas— culpa a la forma de criar a los niños de las diferencias de género en la función cerebral. «La vida deja huellas en la estructura y función del cerebro. Las experiencias del bebé producen diferencias de género en su comportamiento y cerebro de adulto. No es naturaleza, es crianza», escribe en su libro Pink brain, blue brain: HOW SMALL DIFFERENCES GROW INTO TROUBLESOME GAPS —AND WHAT WE CAN DO ABOUT IT1. En su libro, Elliot dedica algunas páginas a reírse del neurólogo Baron-Cohen, y demuestra la fragilidad de sus afirmaciones citando un conjunto de pruebas. En una de ellas se pidió a un grupo de personas que describieran el comportamiento de distintos bebés vestidos de tal forma que su sexo fuera indiscernible. Cuando les presentaron los recién nacidos a los adultos que participaban del experimento, los científicos les dijeron que los niños eran niñas, y viceversa. En general, los adultos describieron a los ‘niños’ como agresivos y agitados. Y las ‘niñas’ —que en verdad eran niños— fueron descritas como felices y sociables. En base a pruebas similares Elliot reflexiona no sólo sobre la falta de mujeres científicas en los laboratorios, sino también sobre la ausencia de hombres en los jardines de infantes. Enseñarles desde pequeños de que los hombres no lloran, que no pueden ser empáticos y que no tienen que ocuparse de la educación de los niños, también aleja a los chicos de carreras como la de maestro de preescolar. Los adultos del experimento con los bebés que cita Lise Elliot no vieron hechos objetivos: tradujeron prejuicios de género.
Es cierto que, a lo largo de la historia, los científicos hombres han tenido algo que las mujeres no: acceso a la academia y a la posibilidad de reconocimiento. Las mujeres que se destacaron en ciencias antes del siglo XIX lo hicieron gracias al respaldo de padres y esposos que no creían que su capacidad para el pensamiento analítico o para las innovaciones era menor que la de los hombres. La Academia Francesa de Ciencias, que rechazó como miembro a Marie Curie, recién aceptó a una mujer en 1979. En la Real Academia de Ciencias de España solo hay una mujer, la primera que ingresó, en 1988. En Estados Unidos las mujeres no pudieron entrar a las escuelas de medicina hasta 1910. Universidades tan famosas como Yale y Princeton sólo admitieron mujeres a partir de 1969. Más de un siglo antes, en 1859, Martha Coston inventó las bengalas para que los barcos pudieran comunicarse entre sí y evitar accidentes marítimos. Pero tuvo que patentarla bajo el nombre de su esposo muerto porque en varios estados de Norteamérica una mujer no podía tener responsabilidad jurídica. A pesar de las restricciones que pesaron sobre ellas hasta entrado el siglo veinte, los descubrimientos de las mujeres han cambiado la historia de la humanidad. En el siglo diecinueve, la inglesa Augusta Ada Byron desarrolló formas de programar una máquina con algoritmos y se convirtió en la primera programadora de computadoras un siglo antes de que fueran inventadas, en 1944, por otra mujer: la estadounidense Grace Hopper. La austríaca Hedy Lamarr inventó un sistema de frecuencias para enviar datos de forma segura. Gracias a ella hoy tenemos wifi, teléfonos 3G y Bluetooth, pero se la recuerda sólo por haber sido un símbolo sexual de Hollywood. La estadounidense Barbara McClintock reveló que los genes son capaces de saltar entre diferentes cromosomas y transformó los estudios de la genética. Todos los recién nacidos son sometidos a un test que ayuda a reducir la mortalidad, pero pocos saben que es el invento de una médica estadounidense llamada Virginia Apgar. El trabajo mismo de Marie Curie ha servido para tratar el cáncer, pero la periodista Rachel Swaby, autora de Headstrong: 52 women who changed science –and the world, propone dejar de usar el nombre de la científica polaca como bandera, para que comencemos a conocer a las mujeres que inventaron la balsa salvavidas, la calefacción solar para las casas, la jeringuilla, la refrigeradora, el circuito cerrado de televisión, el material con el que se hacen los chalecos antibalas, el fax portátil, el teléfono de marcación por tonos, las células solares y los cables de fibra óptica. A lo largo de la historia las mujeres fueron privadas del acceso a la universidad y al reconocimiento. Pero hoy —cuando los aportes científicos y tecnológicos que han hecho están fuera de discusión— las diferencias se perpetúan en la falta de incentivos para que las niñas sigan carreras vinculadas con las ciencias, la ingeniería o las matemáticas.
La empresa Microsoft dice que siete de cada diez niñas están interesadas en la ciencia, pero sólo dos se gradúan en el área. En los exámenes conducidos en las escuelas de Estados Unidos, las niñas muestran tanto interés como los niños por la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Pero ese interés se diluye en la secundaria. La Asociación Sociológica Americana presentó una investigación que dice que la brecha de género en las ciencias y la matemática se crea por los prejuicios: «Es un problema social», afirman. Cada año, la Unesco llama la atención al hecho de que sólo tres de cada diez científicos en los laboratorios del mundo son mujeres y entrega un premio —junto con la empresa de cosméticos L’Oreal— a siete jóvenes científicas: una beca de veinte mil dólares para seguir sus investigaciones. Microsoft comenzó una campaña llamada Girls Do Science, que busca hacer saber a esas mujeres que abandonan las ciencias en el camino que ellos están reclutando ingenieras para unirse a la empresa en 2027: cualquier niña interesada les puede escribir por correo electrónico para postularse. Debbie Sterling —una ingeniera mecánica de Stanford que trabajó en Microsoft y se propuso reducir la brecha de género en ciencia, tecnología, ingeniería y matemática— llevó las ciencias al terreno del juego. Sterling lanzó al mercado la Goldie Box, una caja que viene con una muñeca que usa un cinturón de herramientas y un libro lleno de problemas de física. En la caja también hay ruedas, ejes, bisagras, palancas, poleas y engranajes para resolver los problemas que plantea el libro. Roominate es otro juguete para ingenieras. Es una casa de muñecas que viene en partes. Se ensamblan los pisos, las paredes y los muebles. Hay circuitos y cables para armar el sistema eléctrico de la casita y controlar las lámparas y el ventilador. Eso significa, en términos reales, combatir los prejuicios de género en ciencia y técnica: hacer posible que las niñas jueguen a las princesas en palacios con sistemas eléctricos construidos por ellas mismas.
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En los noventa, siete adolescentes con botas y pantalones cortos bailaban en el programa más visto por los niños en el Brasil. Eran las ayudantes de una rubia llamada Xuxa, la animadora de un programa donde niños competían contra niñas en concursos como guerra de comida. Fue en esa época que el trabajo de Celia Catunda se estrenó en el Castelo do rá-tim-bum, un reconocido programa en el canal de cable TV Cultura. Catunda producía un segmento de treinta segundos donde poemas de grandes autores brasileños como Paulo Leminski, Manuel Bandeira y Ferreira Gular se convertían en dibujos animados. En vez de buscar poemas en la literatura infantil, Celia Catunda prefería tomar textos de poetas consagrados y convertirlos en algo que pudiese gustarle también a los niños. Carlos Filizola, el coordinador de producción de TVPinGuim, describe a Catunda como alguien que posee un espíritu firme para sostener sus proyectos. «Sabe adónde quiere llegar antes de comenzar», dice. «Aunque en los noventa lo que vendía era Xuxa —me dijo Catunda— yo nunca creí en hacer contenidos menores, pasteurizados». Hoy, cuando sus creaciones entretienen a niños en cerca de setenta países, la directora de dibujos animados sigue fiel al principio de no subestimar a los niños.
En TVPinGuim siempre se propusieron trabajar contra los clichés. Diez años antes de crear Luna, la niña científica, la productora creó a Kika, una miniserie donde una niña indagaba por el origen de las cosas: de dónde vienen las lágrimas, el plástico, los huevos, los libros, el vidrio, los truenos. Las explicaciones que Kika recibía no la subestimaban ni a ella ni a los televidentes: los complejos procesos industriales eran desmenuzados paso a paso hasta dar con una explicación que no se valiera de atajos. En la serie Peixonauta ahora está Marina, una niña siempre lista para ayudar al pez ambientalista a rescatar animales en peligro o recoger el plástico de la playa para que no se ahoguen los peces ni las tortugas. Vender un dibujo animado con un argumento ambientalista no fue fácil. En las ferias de animación a las que Celia Catunda asiste —donde las animadoras son minoría— los ejecutivos de televisión elogiaban su idea pero se mostraban escépticos sobre sus posibilidades comerciales. Le decían que eran temas demasiado complejos para los niños. Pero Catunda está convencida de que a su público apenas si le interesa ver lo que los adultos suponen que necesitan. Ella y su socio insistieron, investigaron y pulieron el proyecto de Peixonauta hasta que lo hicieron realidad. En 2009, durante la feria de televisión MipTV que se realiza cada año en Cannes, consiguieron vender la serie. El pez astronauta pronto se convirtió en un éxito internacional, y Catunda demostró que la complejidad y la falta de prejuicios también pueden ser populares entre los niños. Después que Peixonauta conquistó el mercado, vender el proyecto de una niña fascinada por el conocimiento fue mucho más fácil para los animadores brasileños. Kika —la niña que indaga el origen de las cosas—, Marina —la que ayuda a cuidar el ambiente— y Luna —la que hace experimentos para entender el mundo—, son mejores modelos femeninos que Penélope Glamour, la chica que Celia Catunda veía en su infancia y que no podía resolver sus problemas sin la ayuda de un hombre. Tanto Peixonauta como los chicos de Gémini 8 —una serie de TVPinGuim donde un niño de la tierra y uno extraterrestre construyen una amistad más allá de sus diferencias—, se alejan de la violencia de las series con las que crecieron las generaciones anteriores. Quizá el futuro, dice Catunda, esté poblado por una generación de científicas que empezaron desde niñas queriendo ser como Luna. Y luego aspiraron a ser no sólo como Marie Curie, sino como ellas mismas. ♦
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