CRÓNICA DE UNA DERROTA Y VARIOS GOLPES DE AUDACIA

En este año, Alondra de la Parra no sólo se convirtió en una de las estrellas de los festejos del bicentenario, sino también su disco Mi alma mexicana ha roto los récords de ventas. Wilbert Torre nos entrega un retrato de cuerpo entero de la directora de orquesta más famosa de México. Se trata de un adelanto de su libro de perfiles Todo por una manzana.
POR WILBERT TORRE
"Tienes un don que ni siquiera imaginas"
Un empresario es el híbrido de una bailarina y una calculadora, escribió Paul Valéry: serlo exige pasión, carácter y precisión. Alondra de la Parra es el prototipo del empresario total, con un añadido imposible de pasar por alto: es tan audaz como para hacer cosas imprudentes, y tiene eso que Martín Luis Guzmán llamaba "el genio de la acción", más buena suerte que un gato con siete vidas, una suerte que con frecuencia le permite sortear las dificultades en las que se mete. Hace algunos años, cuando sospechaba que tenía talento, no esperó a confirmarlo ni quiso indagar si sería suficiente para alcanzar la imagen idealizada del artista que se entrega sin condiciones al arte. "Nunca fui una niña prodigio", me dijo un día lejano, cuando no era la celebridad que hoy aparece en poses de diva en los espacios nocturnos de las televisoras y los periódicos más influyentes de México y Estados Unidos o en Quién y Caras, revistas dedicadas a dar cuenta de los pasatiempos, modas y caprichos de los ricos y famosos en México.

A los 23 años, cuando el consulado de México en Nueva York la invitó a participar en el festival "México Now" —una semana dedicada al arte mexicano en la Gran Manzana—, sabía que estaba frente a una de esas oportunidades que sólo se presentan una vez, y en un desplante de osadía planeó su primer concierto, una aspiración legítima en una directora de orquesta, salvo por un detalle relevante: no era directora de orquesta. No poseía un nombre, prestigio y tampoco contaba con los músicos que deseaba dirigir. Era una desconocida que llevaba algunos años reuniendo a sus compañeros en la escuela de música para dirigirlos, cuando en busca de ayuda decidió tocar puertas a las que algunos políticos y artistas consumados tal vez jamás habrían considerado llamar. Una de ellas fue la de Emilio Azcárraga Jean, propietario de Televisa, uno de los hombres más poderosos del país. Era una estudiante de piano que desde los 15 años, la edad en la que las chicas abrazan sueños rosas, anhelaba alzarse en el medio de un enjambre de músicos empuñando una batuta. En unos cuantos días pudo reunir 50 mil dólares para aquella presentación inaugural. Recuerda que fue una circunstancia curiosa, porque primero tuvo el dinero y después los músicos y la orquesta. Fue su primer gran golpe.

"No tuve ningún problema porque sabía exactamente lo que debía hacer", dijo un mediodía, con un aire de suficiencia que en su voz juvenil e impetuosa no sonaba chocante. Sostenía con la mano derecha un tenedor con un bocado de pasta en un comedor atestado de jóvenes estudiantes de música, que devoraban pedazos de pizza y papas fritas. Decidió contratar a algunos de sus compañeros de la Manhattan School of Music, la escuela donde estudiaba piano, y celebró el concierto en septiembre de 2004, en el Town Hall de Nueva York, con una orquesta formada por 80 hombres y mujeres, ante 1500 personas. Un crítico escribió una reseña elogiosa y ella pensó que aquello no podía terminar en una aventura pasajera.

Entonces, en un segundo arrebato de insolencia, lanzó un proyecto con un doble objetivo: fundar la orquesta que le permitiera ser directora y hacer de aquélla la primera sinfónica dedicada a la música latinoamericana y a compositores y solistas latinos. Era una idea surgida de la frustración que le provocaba saber que en Estados Unidos, un país habitado por 49 millones de hispanos que representan la primera minoría racial, por encima de los negros, no existía una orquesta con repertorio latinoamericano, y que era imposible que las nuevas generaciones de músicos venezolanos, mexicanos, colombianos, argentinos, peruanos, chilenos y salvadoreños se presentaran en la Unión Americana a menos que contaran con un agente. En los ensayos compartía con sus compañeros el desencanto por esa falta de conexión y oportunidades.

"Yo no tengo nivel, solíamos decir con tristeza, y nos conformábamos con ser buenos músicos en nuestros países, sabiendo que era imposible llegar a las grandes ligas", dijo mientras terminaba de dar cuenta de su pasta a la marinara en un plato colocado sobre la partitura de In the Waterfront, de Leonard Bernstein. Era mediodía y se había despertado a las cinco de la mañana para estudiar la pieza que dirigiría en un concierto en Manhattan.

Decidió bautizarla como la Orquesta Sinfónica México-Americana —con el tiempo se transformaría en la Orquesta Filarmónica de las Américas—, y para fundarla tuvo que tocar muchas puertas más que en aquel concierto de debutante. Creó un consejo que integró con personalidades del mundo artístico, cultural, diplomático y empresarial de México y Nueva York.

Durante un año y cuatro meses se encargó de todas las tareas que conciernen a una orquesta: era manager, agente de relaciones públicas, presentadora, productora, recaudadora de fondos y directora. Habilitó como oficina su pequeño departamento en la 100 Street de Manhattan, en la frontera con Harlem. Por las mañanas, mientras estudiaba piano, hacía llamadas y enviaba mensajes por e-mail para convencer a más gente de sumarse al proyecto.

En estos días la estructura precaria de aquel concierto improbable mutó en un jet musical de 1.5 millones de dólares. Alondra de la Parra se convirtió en la primera mexicana en dirigir una sinfónica en Nueva York y ahora tiene una oficina con asistentes que trabajan sobre varias pistas. Ha dirigido las filarmónicas de Buenos Aires y Montevideo, las sinfónicas de Dallas y la Nacional de México; la Orquesta de Cámara de Los Ángeles, la Orquesta Nacional Rusa y la Ópera Nacional de Washington, con Plácido Domingo. En sólo tres años, lo que lleva terminar la enseñanza secundaria, construyó una orquesta con el peso específico de una industria, y ella se transformó en algo parecido a una marca que se repite por todas partes. Es el miembro más joven del consejo directivo de los premios Grammy Latinos, maestra de estudiantes pobres de Harlem y de niños mexicanos que aspiran a ser músicos. Cuando la imagen de México se tambaleaba afectada por la emergencia provocada por una epidemia de influenza, fue investida "Embajadora cultural" ante el mundo, como si su batuta tuviese poderes capaces de convertirla en una salvadora posmoderna de las desgracias nacionales. Es la imagen del triunfo trasfronterizo en un país ensimismado y en buena medida habituado a crecer hacia dentro. Un país que, cuando se expone más allá de su territorio, ha visto transcurrir con impotencia una larga historia de fracasos.

La conocí una noche de verano, un año después de que había fundado la orquesta. Hacía calor y asistía a un ensayo en la Saint Peter´s Church, una iglesia pequeña y hermosa con un campanario alto que se eleva en Chelsea, un alegre barrio neoyorquino repleto de galerías de arte y restaurantes. Es alta y delgada, tiene unos destellantes ojos verdes y un rostro largo que, cuando sonríe, adquiere una apariencia infantil acentuada por un par de dientes separados y grandes como los de un conejo. Es tan linda como para recibir silbidos cuando se para en un foro televisivo para ser entrevistada. Es carismática y tiene una personalidad llena de vigor y energía. Estaba ante el centro del altar, debajo de un Cristo azul en un vitral. Llevaba el cabello largo y alborotado. No estaba maquillada ni se había pintado los labios y vestía zapatos bajos, suéter rojo y unos jeans negros de estudiante. Situada frente a la orquesta y de espaldas a una decena de distraídos espectadores sentados en unas bancas de madera, su actitud se asemejaba a la de un médico que diagnostica a un enfermo en estado crítico. "Los violines suenan retrasados", advirtió con la cabeza erguida, cuando la orquesta terminó de tocar el fragmento de una pieza. "¡Esos metales, más intensidad!". Arqueó las cejas y con la mirada dio a entender que había algo que no terminaba de gustarle. Luego movió la cabeza en desaprobación y alzó la voz para volver a corregir. A veces gritaba un poco y tarareaba con frecuencia. Le gusta tararear.

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