Amor de cada año

Noviembre llega y todos visitan a sus muertos. Para las familias mexicanas fechas como 28, 31, 1 y 2 son días  en los que sus familiares ya muertos vienen de visita. Por lo mismo, la gente se prepara con las cosas y comida que en vida  dieron alegría a sus fieles difuntos.
Este domingo 1 de noviembre la familia Romero, se alistaban para recibir a sus invitados, pues para ellos es una de las celebraciones más importantes dentro de la familia. Desde temprano la señora Matilde levantó a sus hijos para ir a enflorar a sus difuntos, mientras ponía un poco más de incienso en el saumerio para los niños pequeños que habían llegado un día antes, puso un poco de té de calanca y lo ofreció a su ofrenda, mencionó los nombres de su cuñado Enrique, su sobrina Isabel entre otros, mientras colocaba en pequeños jarros de barro el té. Los hijos seguían sin levantarse, después de un rato salieron de sus cuartos. Matilde comenzó a sacar flores típicas en estas fechas, entre ellas: de cempasúchil,  nube, de moco y alelías. Las colocó en una carretilla junto a un machete, clalacho, pala y unos botes para acarrear agua.
El día apenas comenzaba, esa mañana el sol parecía no dignarse en salir, las nubes cubrían el cielo y un viento frío dejaba sentirse en el municipio de Cuautinchan. Todos abrigados, caminaron cerca de diez minutos hasta que llegaron al panteón municipal, la gente apenas comenzaba a llegar, pocos eran los sepulcros que estaban ya arreglados y enflorados.
Los comerciantes eran los más alistados en el momento, a lo largo del camino, fuera de tiendas, casas, e incluso en las puertas del panteón se encontraban ya instalados puestos de flores, también vendían botes y floreros para aquellos que habían olvidado llevar los suyos, Matilde cuenta que también se hace porque en ocasiones la gente toma los floreros de otras tumbas, cuando tú llegas ya no se tiene en que poner las flores. Los precios que los comerciantes manejaban no eran muy distintos: la flor de cempasúchil; estaba entre sus 15 y 18 pesos, la flor blanca de nube; 20 pesos y la morada de moco; estaba en 10 pesos.  
El pasto estaba muy grande, las lapidas abandonas, con basura y restos de las flores que el año pasado familiares habían ido a dejarles. El cementerio estaba divido en dos partes, una de ellas era para los adultos y muy en la esquina había un lugar destinada a los niños. De los difuntos la gente se ocupa de ellos una sola vez al año, sino es que algunos tampoco llegan a eso, por lo que logra notar en el lugar, son muy pocas las personas que visitan a sus familiares o amigos en otras fechas que no sea el mes de muertos. Se logra notar que algunas de las lápidas tienen flores recientes, la razón es porque el aniversario de su muerte fue en el mes pasado, o hace algunas semanas.  

Matilde llegó y fue directo a la tumba de su padre, quién había muerto hace 17 años. Como en señal de respeto, se inclinó ante la cruz “ahora sí papá, ya venimos a ponerte guapo, mira nada más cómo estás” los nietos también se persinaron y comenzaron a escombrar la tumba. Las cruces lucían ya despintadas, las letras se percibían con dificultad, los botes que tenía la tumba tenía agua y restos de flores de cempasúchil.    Matilde comenzó a quitar el pasto con el machete, su hijo Ricardo con la pala comenzaba del lado contrario, la más pequeña que era Xochitl saco los botes, fueron fáciles de sacar ya que no eran muy grandes y no tenían mucha agua, poco a poco tiró el desperdicio lejos de la tumba, Guadalupe tomo los botes y fue por agua.
Fueron pasándose las herramientas entre ellos ya que el trabajo de escombrar el lugar era pesado, ya que habían terminado con el pasto, comenzaron a darle forma a la sepultura. Al remover la tierra salieron tarántula, Matilde acomodaba la flor de manera equitativa en los cuatro floreros que colocarían en la tumba y guardo tres manojos de flor. Después los colocaron en el centro e hicieron una cruz con flores de cempasúchil, encendieron una veladora a los pies de la cruz,  se persinaron y siguieron su visita con los demás difuntos. La mamá se quedó un momento más en silencio frente a la tumba.
Después alcanzó a sus hijos en la tumba de su bisabuelo, la tumba ya tenía flores, aun así colocaron un ramo más ahí,  Matilde sacó de su bolsa una botella con pulque, tomo tres vasos, uno le dio a la hija Guadalupe, uno para ella y el otro lo coloco en la tumba “salud abuelo, hay que echarnos un vasito como hace tiempo” la visita no tardó mucho. Enseguida terminaron el pulque y siguieron su camino, los ramos sobrantes los repartieron entre los familiares del panteón.
Conforme avanzaba la mañana, la gente se hacía presente en el panteón, a pesar de que aún no era día para enflorar la mayoría parecía aprovechar que era domingo para realizar esta actividad. Las tumbas poco a poco fueron embellecidas por flores amarillas y blancas si era el caso de los niños difuntos. Al igual que los Romero, las familias llegaban cargando palas y machetes, algunos traían grandes manojos de flores cargando, algunos otros llegaban con globos, rehiletes, y objetos como pelotas y muñecos que dejaban en las tumbas.
La mañana se había marchado, tenían que apresurarse, pues aún tenían que colocar la ofrenda para los adultos en la casa. Al llegar, la madre encendió el clecuil y comenzó a preparar dulce de calabaza, camote en dulce y un guashmole platillo favorito de su padre. Los hijos siguieron con las actividades de la casa, la más grande preparó la comida ya que por las prisas no habían desayunado.
Matilde seguía en la cocina, soplándole a la lumbre para apresurar el cocimiento de la carne para el guasmole, después se dispuso a partir la calabaza para su dulce, colocó en otra olla la calabaza, mientras se cocía iba añadiendo ingredientes como anís, azúcar, canela, jugo de naranja y panela. Ella parecía estar muy apurada, el tiempo lo tenía encima, eran casi las dos de la tarde y aún no terminaba lo que pondría en la ofrenda. El niño marcho a la tienda por cigarros, coca-cola y mezcal, cosas imprescindibles para los difuntos. Guadalupe y Xochitl hacían a un lado la ofrenda del día anterior, colocaron papel picado de colores morado, rosa y amarillo.
En primera instancia colocaron una foto pequeña en el altar, ahí se encontraba el papá de Matilde, su hermana Rosalía, algunos tíos y padrinos de ella. Del otro lado la fotografía de don Fidel, bisabuelo de los hijos, con quién Matilde habría brindado unas horas antes en el panteón. Colocaron flores nuevas, y adornaron la orilla de la mesa con pétalos de cempasúchil, Xochitl fue a la cocina por brasas para sahumar la casa antes de la llegada de las ánimas. Esto lo hacían para que las almas al llegar no fueran corrompidas, el incienso lo que hacía era limpiar su hogar de las malas energías. También colocaron en el centro cinco veladoras en forma de cruz, esto fue lo único que pusieron, las demás cosas de acuerdo a su tradición se van colocando conforme van nombrando a sus familiares y amigos.
Fotografía en la que se encuentran el papá de Matilde y algunos otros familiares ya fallecidos.

Llego la hora, eran ya diez minutos antes de las tres de la tarde cuando doña Matilde entro a la casa nuevamente para supervisar que los hijos estuvieran ya listos para recibir a las ánimas, Xochitl se encontraba desmoronando las flores para hacer el camino de la entrada de la casa hasta el altar.
Según la tradición mexicana, para encontrar a tus difuntos tienes que realizar un camino con flor de cempasúchil, el camino debe empezar fuera de la casa, donde inicia, una cruz con esa misma flor, como señal de bienvenida. El color de la flor y el olor que produce el incienso es lo que guía a las ánimas hasta su ofrenda.
Las campanadas del ex convento sonaron justo a las tres de la tarde, era momento para llamar a los familiares y amigos que llegaban de visita a la casa de los Romero. La familia esperando el toque de las campanas, hicieron la cruz, y con sahumerio en mano comenzaron a llamar a sus familiares, Matilde llamo a su padre Ricardo, el abuelo Fidel, su hermana Rosalía, su padrino Ricardo entre muchos otros que los hijos mencionaban e invitaban a pasar a la casa, Guadalupe entono un canto que todos siguieron mientras caminaban hacia la casa.
Al entrar, se apresuraron a encender las veladoras ya colocadas en el altar. Matilde se apresuró a servir en platos de barro el guashmole, mencionó a su padre, “órale padre, ahí te pongo tu guashmole verde que tanto te gustaba, lo hice así bien picoso como lo comías, también te compré tus uvas, nada más no me vayas a hacer averías”, por cada pan  que iban colocando en la mesa, mencionaban el nombre de un familiar, o de aquellos conocidos que pudieran visitarlos en ese día, pusieron naranjas, mandarinas, guayabas, plátanos, dulce de camote, dulce de calabaza y muchas cosas más en la ofrenda. El niño abrió los cigarros y encendió dos para aquellos que fumaran, también pusieron una biblia. Matilde dice que a sus bisabuelos les gustaba mucho ir a vigilia, y necesitaban la biblia para marcharse en la noche y asistir.
Por su parte Guadalupe abrió una botella de mezcal con dos cuberos que le ofreció a su abuelo, “para que brindes con tus amigos abuelito”, así cada uno de ellos fue colocando cada cosa comprada en el altar. Después, cuando ya habían colocado todo, rezaron un padre nuestro y se persinaron.
Para muchas familias mexicanas están son fechas muy especiales, fechas en las que para ellos, dios les permite a sus familiares poder visitarlos. Procuran siempre comprar todo lo necesario para que sus ánimas estén a gusto en su casa, comiendo y disfrutando de aquellas cosas que les dieron felicidad en vida.
Las veladoras que colocan son para alumbrar el camino de regreso, y el incienso los ayuda a estar en paz en el tiempo que se les otorga estar aquí, evitando que su alma se corrompida por el mal. El gasto económico que se hace en estas fechas les resulta algo necesario, y aunque ellos no puedan ver a sus visitantes, dicen sentir la presencia de estos, disfrutan la estadía de sus familiares y amigos. Es así como cada año las familias mexicanas celebran y disfrutan de sus tradiciones mexicanas.




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